Crítica Warcraft: El origen

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Duncan Jones debutaba en el largo en 2009 con Moon, aplaudida y laureada en Sitges con cuatro galardones (entre ellos el de mejor película), una pieza de cámara apoyada en el trabajo de Sam Rockwell (como protagonista absoluto), de escasos efectos especiales, que nos traía una obra de ciencia ficción atmosférica apoyada más en los conceptos que en trucos de ordenador. Una ópera prima que tenía su mejor baluarte, paradójicamente, en su reducido presupuesto. Tras la tan interesante como infortunada Código fuente (mereció mejor acogida por parte del público), Jones vuelve a las pantallas con una obra que está en las antípodas de aquella que supuso su puesta de largo. Warcraft: El origen es una superproducción en toda regla, plagada de efectos digitales y de elevado presupuesto, es una obra ampulosa y pirotécnica, un producto mainstream pensado para asaltar la taquilla. De hecho ha abierto como número 1 en prácticamente todos los territorios en los que se ha estrenado, como Alemania, Rusia, Brasil o Francia, alcanzando un acumulado internacional de 70 millones de dólares hasta el momento (de los cuáles casi 30 millones corresponden a este último fin de semana). La película está pendiente de estreno aún en países como China, Corea, Australia, Méjico y Japón, así como en Estados Unidos, donde se lanza este viernes 10 de junio.

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Fotograma del filme “Código fuente”

Un argumento simple proveniente del videojuego que adapta: el pacífico reino de Azeroth está a punto de entrar en guerra para enfrentarse a unos terribles invasores: orcos guerreros que han dejado su destruido mundo para colonizar otro. Al abrirse un portal que conecta ambos mundos, un ejército se enfrenta a la destrucción, y el otro, a la extinción. Dos héroes, uno en cada bando, están a punto de chocar en un enfrentamiento que cambiará el destino de su familia, su pueblo y su hogar. Y un trasfondo filosófico igualmente básico que se resume en una máxima repetida a lo largo del filme: “De la luz viene la oscuridad y de la oscuridad la luz”. Con estos mimbres se podía temer lo peor, pero, contra todo agorero pronóstico (y al menos para el profano en estas cuestiones), Warcraft: El origen es una muy entretenida mezcla de elementos de Tolkien con fantasía heroica. Su guion, como advertimos, prescinde de enrevesadas cuestiones filosóficas apostando por ofrecer un relato apto para todos los públicos, con el que Duncan Jones consigue una sencilla pero efectiva narración fantástica.

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Desde luego, para los enemigos de los universos digitales esta es otra nueva pesadilla, pero, por otra parte, hubiese sido imposible representar este multiverso en toda su espectacularidad careciendo de ellos. Hay que ser realista, hubiera hecho falta mucho látex y multitud de extras para representar el universo Warcraft con cierto realismo. En verdad lo más destacable de la cinta es que hace buen uso de sus CGI hasta el punto de plantearnos a veces si estamos o no ante imagen real (y no lo decimos como algo negativo).

Desde que Gene Kelly y el ratón Jerry bailaron juntos en la fantasía musical Technicolor Levando anclas (Anchors Aweigh, 1945) de George Sidney, muchas veces la animación y los personajes reales han compartido plano con mejor o peor fortuna. Esta adaptación del popular videojuego homónimo, que está funcionando mucho mejor en el mercado europeo que en su país de origen es, en algunos momentos, una cinta de pura animación con un efectivo 3-D que nos introduce en un mundo de portales interdimensionales, bravos guerreros, horribles orcos y hechiceros. Una lucha entre el bien y el mal que aboga por los mensajes positivos como la paz, el respeto al diferente y el mestizaje, principios que no por reiterativos conviene olvidar.

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¿Qué queda de Duncan Jones detrás de este espectáculo? Como dice Fausto Fernández en su crítica para fotogramas, más allá de moverse en el terreno del fantástico, las tres películas del director comparten la querencia por héroes atípicos, contradictorios y desdoblados. En palabras del crítico: “El astronauta que patrullaba la soledad lunar con tanto existencialismo como el comandante Tom de la canción ‘Space Oddity’ de David Bowie (padre de Duncan Jones), el militar intentando evitar una y otra vez un atentado terrorista en un tren y el protagonista de ‘Warcraft: el Origen’ no buscan la gesta, ni siquiera para una posible redención de algo que desconocemos o no nos interesa”. Jones sigue gustando de los antihéroes, salvo que en está ocasión los ha puesto al servicio del entretenimiento, de la pura evasión sin pretensiones. Ahora habrá que esperar su cuarta cinta para juzgar hacia qué lado se inclina el autor, hacia lo reflexivo y minimalista o hacía lo liviano y mastodóntico, o, lo que sería más deseable, hacia un camino intermedio entre ambos extremos. Como sea, Jones sigue siendo un autor al que seguir la pista.

Por Montse Rovira

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