LA MANSIÓN DE LOS CONDENADOS (THE MANSION OF THE DOOMED, MICHEL PATAKI, 1976)

Si bien La mansión de los condenados (Mansion of the Doomed, Michael Pataki, 1976)  es el primer largometraje en el que vemos acreditado a Charles Band como productor de manera oficial, no era la primera ocasión en que ejercía las labores de producción, ni en la que veíamos su nombre impreso en pantalla. Su debut, en este caso como director, lo tenemos que buscar en el filme Last Foxtrot in Burbank [1] (1975) aunque con el tiempo Band también acabaría reconociendo que pese a no aparecer acreditado, se había encargado de la producción de esta y por lo tanto también había sido su debut no oficial en este sentido.

La manera en que Charles Band consiguió financiar la primera de sus películas previa a la fundación de la mítica Empire, tiene una base, que el propio Band explicó a David DeCoteau en una entrevista radiofónica, que pretende en cierta manera dar un origen a su carrera como productor relacionada con su propio talento inherente para la emprendeduría y los negocios al margen de ser el hijo de quién era, el archiconocido maestro de la serie B Albert Band. El propio Band explicaba de esta manera como consiguió el dinero que le serviría para financiar La mansión de los condenados:

«Crecí en Italia. Y cuando salí de allí a finales de los 70, sin dinero…estaba lleno de esperanzas y sueños y empecé a hacer algunos trabajos extravagantes… Me encontraba visitando a un amigo en Nueva York, cuando vi un anuncio en el New York Times: un tipo de Dallas, vendía originales del New York Times que había encontrado en una librería por ahí. Era una colección de 35 años del New york Times y los vendía por 3000 dólares.[…]

En ese momento, no tenía ni 300 dólares, pero eso no me detuvo. Volé de regreso a Dallas y le dije que quería ver un ejemplar para valorar su calidad. Eran de buena calidad y estaban en perfecto estado. Unos meses después, cuando había ahorrado lo suficiente para comprárselos (ahorré, busqué, supliqué…para conseguir el dinero), el siguiente reto fue qué hacer con 13 toneladas de periódicos. Vivía en un apartamento muy pequeño, y le pedí a cada uno de mis amigos que me guardarán una cantidad….Creo que convencí a cinco de mis amigos para que me los guardaran en sus apartamentos. Luego vendría el paso tres: ¿qué hacer con todo eso? ¿Cómo hacer dinero con ellos?

Se me ocurrió la idea de ponerlos en una cubierta de cuero sintético duro con el logotipo del New York Times, con tu nombre, tu fecha de nacimiento… y no era una reimpresión, se trataba de una edición completa y original del New York Time del día en que naciste. Así que les adjunté un folleto, y me dirigí a algunos de los amigos con influencias de mi padre –ya sabes jefes de agencias, Johnny Carson– En agosto o septiembre de ese año, ya tenía las fechas de nacimiento de unas cincuenta personas y preparé los periódicos para esta gente. Hice un gasto grande, y les regalé a estas personas el periódico preparado junto a una nota que decía: “Esto es una cosa increíble, es un gran regalo para tus clientes para la Navidad único en su clase”. El precio era de cincuenta dólares. […]. En cuatro semanas tenía pedidos por valor de 300.000 dólares en pedidos. Para un chico que trabaja por 200 o 300 dólares al mes en una tenducha, aquello era un montón de dinero. Fue una locura —en enero ya había cobrado la mayor parte del dinero. Me senté con toda esta pasta y pensé: ¡Bien, ya es hora de hacer una película!» [2] 

Así pues es como Band consiguió el capital necesario para producir la primera de la que sería una larga lista de largometrajes, primero bajo el nombre de Charles Band Productions, del 1975 al 1983, para dar lugar a partir de ese año a uno de los sellos de serie B más reconocidos, la Empire Pictures o Empire Internacional, que se alargaría en el tiempo desde 1984 hasta 1989 y que daría cabida a títulos como Guardianes del futuro (Trancers, Charles Band, 1984), Re-Animator (ídem, Stuart Gordon,1985), Dolls (ídem, Stuart Gordon,1986), Eliminators (ídem, Peter Manoogian, 1986), TerrorVision (ídem, Ted Nicolau, 1986), Crepozoizes (Creepozoids, David DeCoteau, 1987), Arena, ring de las galaxias (Arena, Peter Manoogian, 1988),  Robot Jox (ídem, Stuart Gordon, 1989), entre muchos otros.

La historia de La mansión de los condenados pese a su título nada tiene que ver con casas encantadas, ni tan siquiera con una mansión entendida como tal. Tanto el título como el póster original puede dar lugar a confusión, si bien hubo algunas versiones del póster final que se usó en ediciones de VHS que eran bastante más explícitas y daban a intuir por dónde podían ir los tiros. La primera producción oficial de Band es un acercamiento a Los ojos sin rostro (Les jeux sans visage,1959) de Georges Franjú, revisada desde una óptica más violenta y sórdida, con algunos toques que nos pueden recordar a The Face Behind the Mask (Robert Florey, 1941):

La hija del Dr. Chaney es feliz con su vida, su prometido, su familia. Lamentablemente tras sufrir un accidente de coche que conduce su padre, se queda ciega y toda su vida se va al garete. El Dr. Chaney ahogado por la culpa trata de resolver la ceguera de su hija, primero intentando adaptarse a los medios estándares, y posteriormente en un acto de irreconciliable locura promovida por los remordimientos, en una carrera loca y salvaje que trascenderá todas las barreras éticas y morales de su profesión, cuando empiece a secuestrar a otras personas para extirpar sus globos oculares que tratará de implantar en su hija para que esta recupere la vista.

El encargado de llevar las riendas, fue el actor y director Michael Pataki, aunque fundamentalmente dirigió esta y la siguiente producción de Charles Band, La otra Cenicienta (Cinderella, 1977), para no volver a dirigir ninguna otra película. Pataki debutaba en la dirección con este largometraje fruto posiblemente más de la casualidad que de otro motivo, pues era amigo del guionista Fran Ray Perilli. Pataki resuelve sin demasiado esfuerzo, y con más voluntad que oficio y talento, una historia que para nada se presenta como una historia original para la época y que nos recuerda inevitablemente, como ya hemos apuntado, a la cinta del maestro Franjú, Los ojos sin rostro. De hecho se trata de un exploit en toda regla como muchos de los que surgieron tras su estreno como es el caso de Gritos en la noche (The Awful Dr. Orlof, 1962) de nuestro director patrio Jess Franco —y quizás una de las adaptaciones más notables—, Corrupción (Corruption, 1968) de Robert Harford-Davis, protagonizada por Peter Cushing, o de nuevo de la mano de Franco el remake de Orlof, Los depredadores de la noche (Faceless, 1987) protagonizada por una de las actrices británicas de culto favoritas de Franco, Caroline Munro. Eso sí, hay que destacar su valentía a la hora de enfrentarse a las escenas de mayor contenido explícito y violento como puede ser la secuencia final relacionada con unos globos oculares que no desvelaremos o cuando introduce imágenes de operaciones ojos reales en el metraje que le confieren un toque de crudeza y cierta realidad y credibilidad para el espectador de la época.

La mansión de los condenados cuenta con guion del que sería uno de los screenwriters habituales en las producciones de Charles Band, Frank Ray Perilli [3], que posteriormente se encargaría de escribir buena parte de los guiones de las producciones de Charles Band durante la década de los 70. Perilli empezó su carrera como cómico y actor en Carnival Rock (1957) de Roger Corman y en Invasion of the Star Creatures (1962). Su primer guion fue El Clan de los doberman (The Doberman Clan, 1972), que dirigiría Byron Chudnow (también conocido como Byron Ross Chudnow), en la que un exconvicto y una excamarera entrenan a un grupo de dobermans para que atraquen un banco por ellos (la trama se las trae). En 1973 escribió junto a Louis Garfinkle el guion de Little Cigars (1973) de Chris Christenberry y ese mismo año participó en la escritura del guion de  Last Foxtrot in Burbank, aunque no aparece acreditado, momento a partir del que empezaría a colaborar asiduamente con Charles Band en sus producciones. Perilli realiza un buen trabajo aunque poco esforzado por la gran similitud que su guion tiene con Los ojos sin rostro, si bien, toma el riesgo y adapta la historia dotándola de un ambiente truculento y una serie de momentos explícitos que funcionan con mucha fuerza. Sin llegar a decir que su trabajo es bueno, posee un desarrollo adecuado y bien redefinido.

A groso modo el filme nos habla de un médico que acaba sobrepasando todos los límites éticos y morales de su profesión para intentar resarcirse del sentimiento de culpa que le embarga, a fin de cuentas él es quién conduce cuando tienen un accidente que dejará ciega a su hija. En este intento de redención el Dr. Chaney perderá los papeles, y pasará a un estadio psicológico amoral, en el que poco le importa lo que tenga que hacer para conseguir su objetivo.

La figura del mad doctor ha sido utilizada en infinidad de producciones, su representación se remonta en la gran pantalla a la película Metrópolis (1926) aunque también habría atisbos de este en el Viaje a la luna (Le voyage dans la lune, 1902) de Méliès. Suelen ser científicos en general o médicos (cirujanos sobretodo), que por un motivo u otro sobrepasan la línea que separa lo ético de lo que no lo es a ojos de la sociedad en general, abandonando por completo el código deontológico y cualquier otro código moral escrito o no, para conseguir algún propósito extravagante que suele retar los límites preestablecidos por la sociedad, la ciencia y/o la religión.

Personajes megalómanos, vanidosos, visionarios, excéntricos, siniestros, con complejo de dios obsesionados por dar vida mediante la resurrección, la clonación o el sistema que sea necesario. El objetivo de sus acciones suele estar relacionado con dominar al mundo, vencer a la muerte, crear vida artificial, modificar el pasado o el futuro, superar situaciones que no tienen solución en el momento, etc… y aunque en muchas ocasiones suelen conseguir su objetivo, este acostumbra a volverse en su contra. En ocasiones incluso, sufren de manera directa las consecuencias de sus propios experimentos, como el Dr. Brandle en La mosca (The Fly, David Cronenberg, 1986) por nombrar a uno. A menudo se presentan como personas muy inteligentes pero ampliamente negligentes e irresponsables. Pese a conocer el peligro que pueden entrañar sus descubrimientos y su aplicación, les prima el ego. En esencia los denominados mad doctors representan el miedo a lo desconocido, a los avances, a las nuevas tecnologías, teorías y descubrimientos y a las consecuencias que pueden comportar, partiendo siempre del temor. En el caso que nos ocupa, el Dr. Cheney está alejado del estereotipo de mad doctor megalómano con ansias de conquistar el mundo. A él le mueve la culpa y las ganas de redimirse, si bien su ego acaba haciendo que actúe más allá de todo lo establecido y de las leyes que rigen la sociedad, así como de los códigos éticos de su profesión, anteponiendo otros seres humanos para conseguir su objetivo, incluso a su propia hija, a la que en su voluntad de devolverle la vista, la acaba sometiendo a un tortuoso proceso que la deja casi en las mismas condiciones que a los habitantes del sótano: encerrada, ciega, y algo enajenada.

Perilli apunta hacia muchas direcciones y no queda muy claro a lo largo del metraje hacia dónde concretamente, aunque es interesante ver algunos aspectos que destila la cinta como el retrato de clases: la casa exterior en la que vive Chaney y su familia, es una casa ostentosa, de familia acomodada, la clase alta, en la que todo es exquisitez y buena educación. La parte de debajo de la casa, el sótano, es una clara alegoría a otro estrato social, las clases bajas, en la que se encuentran otro tipo de personas, el ganado, hacinados, sucios, desesperados…y al fin al cabo oprimidos por los habitantes del piso de arriba.

También hay que subrayar el trabajo realizado por Stanley Winston (lamentablemente fallecido en 2008) en el campo de los Fx, que están al servicio de la historia. Su resultado es bastante notable y es en parte gracias a estos, que la historia mediocre gana cierta fuerza visual que le confiere un punto interesante a través del shock que consigue así como la capacidad para transmitir la barbarie, la locura y los límites que está dispuesto a cruzar el Dr. Chaney. Aunque siendo realistas, el resultado del trabajo es mejorable debido al hecho de trabajar con un presupuesto poco adecuado y en parte a que Stanley Winston era un profesional sin apenas experiencia en el momento de realizar La mansión de los condenados, aunque apunta maneras y muestra la semilla del profesional en el que acabaría convirtiéndose. Sin duda uno de los referentes de los Fx de maquillaje de la década de los 1980. Winston es el responsable del maquillaje de películas de culto como La cosa, Terminator, Depredador, Alien… y el responsable de la increíble caracterización de Danny DeVito como el pingüino en Batman vuelve (Batman Returns, 1992) de Tim Burton gracias a la que llegó a ser galardonado con un premio Oscar. No en vano luce su nombre en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Respecto al elenco de actores cabe destacar la presencia de la actriz Gloria Graham, ya en horas muy bajas, leyenda de Hollywood, que llegó a trabajar en títulos como ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946) de Frank Capra y fue galardonada con un Oscar en 1952 como mejor actriz secundaria en Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, Vincent Minnelli). Desafortunadamente no sobresale especialmente por su interpretación y no es destacable más allá de lo que llegó a ser en otros tiempos. En el apartado femenino destaca la joven Trish Stewart, quien da vida a la hija ciega del Dr. Chaney, mediante una interpretación bastante correcta con cierta intensidad cubriendo con acierto el espectro cada vez más sombrío al que se ve abocado su personaje. Su carrera previa fundamentalmente se había desarrollado en el mundo de las teleseries, que sería el medio en el que continuaría trabajando tras su participación en La mansión de los condenados, hasta que se retiró a principios de los 80. También se merece ser mencionado Richard Basehart en el papel del mad doctor, padre torturado y torturador, el Dr. Chaney, que, aunque algo histriónico en ciertos momentos, da el perfil y evoluciona interpretativamente de manera acertada respecto a la involución psíquica de su personaje. Se trata sin duda de una buena interpretación y de un buen actor, no en vano había trabajado en La Strada (ídem, 1954)  o Almas sin conciencia (Il Bidone, 1955) junto a Federico Fellini, en Moby Dick (ídem, 1956) de John Huston o con García Berlanga en Los jueves, milagro (1957). Como curiosidad apuntar que Basehart apareció en más de cien producciones entre teleseries y largometrajes pero destacaría por ser la voz al inicio de los créditos en la serie El coche fantástico (Knight Rider, 1982-1986) en EEUU. Su personaje así como su interpretación del arquetípico mad doctor se sale de lo habitual y eso es de agradecer.

Finalmente, entre los actores se merece mención a parte la intensa aparición de un joven Lance Henriksen (como el Dr. Dan Bryan) al que todos recordamos por sus intervenciones en cintas como Terminator o Aliens entre muchas otras, ya que ha trabajado en más de doscientas películas a lo largo de su carrera, aquí interpretando al novio  de la hija del Dr. Chaney que acaba siendo el primero en prestar sus ojos a su prometida. Aunque sus apariciones son escasas, es remarcable que la cinta gana enteros con sus apariciones, especialmente intensas hacia el final del metraje, aunque no se puede decir lo mismo de otros de los compañeros “de celda”. A fin de cuentas por muchas vueltas que se le quiera dar al filme, La mansión de los condenados no deja de ser un exploit desfasado en el tiempo, de cuestionable calidad de conjunto, al que se le ven las costuras, como si de un monstruo de Frankenstein se tratase. No hay que estar más que un poco atento para ver que la película repite su estructura continuamente durante todo el metraje simplemente cambiando los personajes (estos aparecen, son drogados, les extraen los globos oculares, acaban encerrados en el sótano) en un alarde de falta de imaginación, salvando quizás el momento en el que el Dr. Chaney, algo desesperado, intenta secuestrar a una niña en la calle [4]. Un buen intento de entrar en el mundo del cine con un producto de bajo presupuesto medianamente serio capaz de atraer la atención de futuros inversores y de cierto público, que daría el pistoletazo de salida a una prolífica carrera como productor.

La mansión de los condenados se rodó en las inmediaciones de Hancock Park, en Los Angeles (California) y contó con un presupuesto de 300.000 dólares. Su estreno en USA fue en octubre de 1976.

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[1] Una clara sátira de El último tango en Paris (Las Tango in Paris, Bernardo Bertolucci, 1972).

[2] JAY, DAVID. The Authorised History of Empire Pictures. Empire of the ‘B’s. The mad movie world of Charles Band. Ed. Hemlock Film. David DeCoteau Interviews Charles Band. Rapid Heart Radio-Live 365, 2006. Btistol, 2013. Págs. 39-40

[3] Perilli ya había trabajado previamente con el padre de Charles, Albert Band, quien además aparece acreditado en la primera producción de su primogénito como productor ejecutivo.

[4] Arriesgada situación por las connotaciones de pederastia que destila la situación. Un adulto convenciendo a una niña de que suba a su coche, para finalmente secuestrarla. Una escena atrevida y kamikaze, sin duda.

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