Deformidad y pérdida de la identidad. La barraca de freaks. «El hombre elefante» (1980) de David Lynch

«Yo no soy un monstruo… Soy un ser humano… Soy un hombre

(Joseph Merrick en El hombre elefante)

Las ferias de fenómenos tienen su origen en el S.XVI en Inglaterra, si bien entonces eran meros espectáculos mayoritariamente privados en los que se mostraban fenómenos de la naturaleza, que no eran otra cosa que casos clínicos, en las que se exhibía a personas con deformidades como Lazarus, un hombre que llevaba a su hermano siamés pegado en el pecho. Estos espectáculos típicos de la época del reinado de Elisabeth I pronto se extendieron por Europa y los EEUU, sin embargo no sería hasta bien entrado el S.XIX que tendría lugar el boom de los agentes de fenómenos y los espectáculos de freaks. Las ferias de freaks se popularizarían en pleno proceso de industrialización, en el que las ciudades colapsadas por la industria y el éxodo rural de personas en busca de trabajo en las fábricas presentaban un clima extraño y malsano en el que el ocio era un bien preciado. El proletariado se veía abocado a larguísimas jornadas de trabajo en pésimas condiciones, es por ello que necesitaban una válvula de escape, y en gran parte esta llegó de la mano de los feriantes. En esta situación, aparece como fórmula de ocio las ferias itinerantes que incluían espectáculos diversos relacionados con los extraordinario para la época: bailes exóticos (solo para hombres), espectáculos de magia, traga sables y traga fuegos y sobretodo, fenómenos. Estos “fenómenos” trabajaban para un manager que los exhibía a cambio de dinero. Algunos de los representantes más conocidos fueron P.T.Barnum, Tom Norman y a su manera también lo fue el Dr. Frederick Treves que fue el supuesto rescatador de Joseph Merrick (1862-1890)[1], pero también quién lo exhibió entre las clases altas victorianas. Muchos de estos hombres tenían fama de maltratadores (algo en lo que el film de Lynch pone mucho énfasis), sin embargo parece que no siempre fue verdad, al fin y al cabo estos fenómenos eran su fuente de ingresos.

El verdadero Joseph Merrick

Entre todos estos fenómenos el Dr. Frederick Treves descubrió en 1884 en una feria al llamado a un hombre afectado por una enfermedad que en él se había manifestado de forma especialmente virulenta, el Síndrome de Proteus, que había deformado el cuerpo y el rostro de Merrick de manera brutal, llegándole afectar incluso al habla al que se le conocía por el sobrenombre de el hombre elefante. Vivió una vida desgraciada, y su enfermedad no fue de nacimiento, sino que se le fue desarrollando (a partir de los 5 años, aunque no fue hasta los 11 que ya era notable), hecho que hizo aún más traumático el proceso. Merrick fue repudiado por su familia, sobre todo tras la muerte de su madre, y al ver que no podía conseguir trabajo debido a su deformidad que le dificultaba realizar la gran mayoría de tareas, se le ocurrió que si llamaba tanto la atención de sus congéneres, posiblemente querrían pagar para verle. Así fue como se decidió escribir a Sam Torr, un director de circo que le acogió y le dio trabajo exhibiendo sus particularidades físicas. Según Merrick, Torr nunca le maltrató. En su autobiografía él explicaba con estas palabras el origen de su enfermedad: «La deformidad que exhibo ahora se debe a que un elefante asustó a mi madre; ella caminaba por la calle mientras desfilaba una procesión de animales. Se juntó una enorme multitud para verlos y, desafortunadamente, empujaron a mi madre bajo las patas de un elefante. Ella se asustó mucho. Estaba embarazada de mí, y este infortunio fue la causa de mi deformidad».

En este contexto de las ferias de fenómenos en la que se centra la historia del filme que nos ocupa. Y una vez explicado esto, hay que aclarar que el filme de Lynch dista bastante de la realidad que vivió Merrick, ya que existe gran parte de ficción al no buscar este la realización de un biopic al uso que posiblemente hubiera sido un tremendo error. De hecho, la cinta posee el toque Lynch y pese al planteamiento formal realista no faltan los momentos en los que cierto ambiente onírico y de fantasía se desprenden de la narración al más puto estilo de Cabeza Borradora.

El hombre elefante es el segundo largometraje del realizador y artista plástico (y músico?¿) David Lynch, del que no me voy a extender en estas líneas por una mera cuestión de imposibilidad, tanto de síntesis como por espacio. Tras su debut con el extraño, surrealista e impregnado por las vanguardias artísticas largometraje Cabeza Borradora —producción que se alargó durante más de cuatro años por su presupuesto ínfimo y lo artesanal de la obra en la que Lynch hizo todo lo que podía hacer y más—, cuyo debut comercial fue lamentable, la carrera de Lynch como director de cine no estaba ni mucho menos garantizada. Pero por aquellas cosas de la vida, Lynch acabó sentado frente a Mel Brooks, quién buscaba director para El hombre elefante, gracias a la intervención de Stuart Cornfeld, productor ejecutivo de Brooks en aquel entonces que había quedado extasiado tras ver la opera prima de Lynch: «Me quedé sencillamente alucinado —recuerda—.Pensé que era lo mejor que había visto en mi vida. Una experiencia purificadora»[2]. Lynch Y Cornfeld estaban intentando levantar el nuevo proyecto de Lynch, “Ronnie Rocket”, pero al ver que no salía, Lynch le pidió a Confeld que si sabía de algún guión le avisara. Y así fue como llegó El hombre elefante a sus manos. El destino quiso que Brooks quedara impresionado tras el visionado de Cabeza Borradora y tras darle un abrazo a la salida de la sala de proyecciones y decirle aquello de «Eres un loco, ¡te adoro! Te quedas»[3], decidiera contratarlo para llevar adelante la que es, sin duda, la película de estilo formal y narrativo más clásico de la obra de Lynch, y no por ello menos Lyncheana.

El hombre elefante es una cinta desarrollada plenamente en la industria cinematográfica, algo totalmente opuesto a lo que había hecho hasta el momento David Lynch trabajando de lo artesanal, los bajos presupuestos y cierto amateurismo. Se trata de la adaptación de la rocambolesca y sufrida vida de [4]Joseph Merrick, el conocido “hombre elefante”, como ya hemos comentado, afectado por una terrible enfermedad que le deformó todo el cuerpo hasta provocarle la muerte a los 27 años. El mismo se describía así:

«Mi cabeza mide 88 cm. de circunferencia y tengo una amplia masa carnosa en la parte de atrás, grande como un tazón. La otra parte parece, digamos, valles y montañas, todos amontonados, mientras que mi cara tiene un aspecto que nadie quisiera describir. Mi mano derecha posee casi el tamaño y la forma de una pata de elefante. El otro bazo y mano no son mayores que los de un niño de diez años, y están algo deformados…»

El guión corrió a cuenta de Eric Bergren y Christopher De Vore, sin embargo el propio Lynch acabó reescribiéndolo para darle un enfoque menos de biopic y más orientado a lo que realmente le interesaba a él, la emoción y la sensibilidad que se desprendía de la vida de este personaje. Posteriormente el propio Lynch dijo que Mel Brooks aportó su granito de arena al guion. Posiblemente en este sentido sea la obra menos personal del autor, y durante su rodaje casi cae en una depresión, a menudo se planteaba abandonar la producción, pero se mantuvo firme y consiguió lo que bien puede llamarse masterpiece, algo que uno no es capaz de intuir durante su visionado por el excelente resultado conseguido. El rodaje tuvo lugar en Londres y en los estudios Lee International Film de Wembley, durante doce semanas, al amparo de la productora Brooksfilms y contó con un presupuesto de cinco millones de dólares[5].

La historia transcurre a mediados del S.XIX, en plena época victoriana, con un marco en el que el paisaje tenía como protagonista la industrialización, con ambientes de fuertes contrastes, suciedad, miseria, insalubridad, humos… y es precisamente por ello que Lynch tomó la opción estética de filmar El hombre elefante en un preciosista y elegante blanco y negro, digno de cualquier clásico. No se trata pues de una opción pretenciosa o caprichosa, sino más bien de un recurso plástico para enfatizar el paisaje que quiere retratar a nivel físico y también emocional, porque también actúa de manera metafórica o simbólica respecto a la emoción interna del film, y por una cuestión de contexto. Este excelente resultado en la fotografía se debe gracias al excelente trabajo del veterano director de fotografía británico Freddie Francis, responsable de la fotografía de cintas como ¡Suspense! (The Innocents, Jack Clayton, 1961), Tiempos de gloria (Glory, Edward Zwick1989), El cabo del miedo (Cape Fear, Martin Scorsese, 1991),… y junto al propio en Lynch se encargó de Dune (ídem, 1984) y de Una historia verdadera (The Straig Story, 1999).

También cabe destacar el elenco protagonista del filme empezando por John Hurt quien realiza una interpretación épica de el hombre elefante, contrariamente a lo que se podría pensar, pese a estar bajo todo ese maquillaje. Sus movimientos, su voz, su mirada…consiguen transmitir toda la tristeza y pasiones de este extraño personaje, incomprendido, humillado y maltratado, que solo quiere que se le respete, que le quieran y ante todo que le consideren lo que es, un hombre. Por otra parte destacan las interpretaciones de Sir Anthony Hopkins en el papel del doctor Frederick Treves, el médico del London Hospital, que rescata a Merrick del espectáculo en el que trabaja en pésimas condiciones y siendo maltratado por su “dueño”, uno de los ejemplos de la monstruosidad humana y la deshumanización que Lynch retrata junto al aborrecible guardia de seguridad nocturno interpretado por Michael Elphnick. Hopkins borda su papel de científico, interesado en Merrick fundamentalmente como fenómeno médico. También las interpretaciones de Anne Bancroft es digna de mención pese a no ser uno de los personajes principales.

Mención parte se merecen los efectos de maquillaje creados por Chris Tucker para recrear la deformidad de Joseph Merrick de un realismo y similitud pasmoso con las verdaderas deformidades de este y por otro lado la banda sonora creada por John Leonard Morris, compositor habitual de las películas de Mel Brooks.

Lynch plantea la historia de Merrick como la historia de una triple explotación que pasa de la explícita, cuando es utilizado y maltratado por su patrón quien lo exhibe a cambio de dinero, a otra oculta (bajo el amparo de lo civilizado) la que lleva a cabo el Dr. Treves, lo explota a su manera enseñándolo a la comunidad científica y exhibiéndolo frente a las clases altas, para culminar nuevamente ante la peor de ellas, la que lleva a cabo el guardia nocturno mientras Merrick se encuentra en el hospital.

El filme retrata a una serie de seres humanos, todos en mayor o menor medida, realmente egoístas y monstruosos. Una deformidad que anida en sus almas, que contrasta con la deformidad exterior de Merrick y su extremada bondad, sensibilidad, educación, respeto y valentía que posee en su interior. Y Lynch, es capaz de recoger todo eso con una excelente maestría reflejado en todos y cada uno de los planos y situaciones con un equilibrio y un buen gusto, con una pericia digna de mención alejándose en todo momento de lo morboso, lo explícito y lo gratuito; y pese a su fuerte componente emocional, tampoco cae en lo melodramático bochornoso.

La deformidad en el cine ha sido plasmada en el cine en muchas ocasiones en filmes como Garras Humanas, La parada de los monstruos —ambas de Tod Browning— El doctor Frankenstein, El fantasma de la ópera, Darkman… La deformidad del rostro resulta extremadamente interesante por lo que representa, puesto las facciones del rostro es lo que en gran medida nos proporciona personalidad, unicidad e identidad propia. La deformación facial implica en cierto modo la pérdida de la identidad y la consecuencia directa, por lo menos así se ha reflejado en la literatura y el cine, se resuelve con una postura en la que el afectado suele quedar fuera de la gran masa social, en ocasiones repudiado por esta, dependiendo la época, y muy a menudo destinado a la automarginación, como es el caso de John Merrick, con la consecuente ocultación del rostro con una máscara o similar para apartar su deformidad del resto (una manera de evitar el conflicto). En el caso de el hombre elefante vemos como se tapa el rostro con un saco durante los primero momentos de la cinta. Es su manera de evitar el rechazo y mantener oculta su diferencia y en cierto modo su manera de expresar la pérdida de su identidad, animalizado, tratado como un animal, maltratado y humillado, todo fruto de esa pérdida de los rasgos habituales, llamémoslos normales que nos hacen humanos a los ojos del resto.

El hombre elefante estuvo nominada en ocho categorías de los premios Oscar de 1980, sin embargo no consiguió ninguna, siendo Gente Corriente (Ordinary People, Robert Redford, 1980) la vencedora de la noche. Aunque como dijo el propio Mel Brooks, y cuanta razón tenía, «Dentro de diez años Gente corriente solo será una pregunta más en el Trivial Pursuit, mientras que  El hombre elefante será un filme que la gente seguirá viendo con interés».


[1] Conocido como John Merrick durante mucho tiempo debido a un error del propio Dr. Treves en su diario.

[2] RODLEY, CHRIS (Editor) David Lynch por David Lynch. Ed. Alba Editorial. Colección Trayectos. Barcelona, 1998. Pág.147

[3] Op. Cit. 7 pág 156

[4] Uno de los freaks más conocidos fue el hombre elefante, si bien hubo algunos otros casos muy populares como Mary Anne Bevan, la mujer más fea del mundo; Tom Thumb, el enano que se hacía pasar por un niño de 11 años, que fue una sensación; Krao Farini, llamada el eslabón perdido; Eliza Jenkins, el esqueleto humano…y muchos otros más.

[5] Op cit 3. Págs 147-175

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