Crítica: La bruja (The Witch)

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Con La bruja, su director Robert Eggers debutaba en el cine y obtenía el premio a la mejor dirección en el último Festival de Sundance. Basada en un guion suyo y ambientada en Nueva Inglaterra (lugar de origen de Eggers), en el siglo XVII, nos narra como una familia que vive sola en el bosque es pasto de lo que en principio parecen ser supersticiones: un bebé desaparece, una cabra comienza a dar sangre en lugar de leche… Todo situado en un ambiente inquietante, el bosque como lugar donde habita el mal, acompañado de la sobrecogedora banda sonora de Mark Korven y una bella fotografía plagada de colores lavados y sombras marcadas que nos llevan a pensar directamente en el tratamiento de las sombras y luces de Rembrandt, pero cruzado con la imaginería de Gustavo Doré. La trama se desarrolla como una sucesión de tableaux vivants separados entre sí por intermitentes fundidos en negro, convirtiéndola casi en una narración dividida en capítulos. A través de esa estructura pictórica y capitular se consigue un progreso in crescendo de la tensión dramática, en la que la atmósfera va haciéndose cada vez más lóbrega y opresiva.

Basada en varias leyendas de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, La bruja es un extraño cruce de cuento folklórico de terror y tragedia familiar. En el origen del conflicto está la soberbia del padre (Ralph Inneson); de creencias más estrictas que la de los mismísimos puritanos, es expulsado (y con él su familia) de la comunidad. Fanático hasta la médula, contagia a los suyos la obsesión por la condición empecatada de todo mortal, nadie nace libre de la mácula ni nadie sabe qué tendrá dispuesto para él el Señor. Su fervor religioso le hace inútil para dar calor y consuelo a su familia incluso en los momentos más críticos. Igual de ineficaz se muestra en las tareas de la granja, le intuimos responsable de su marcha a la colonia (le obsesionaba predicar el Evangelio) dejando atrás el confort de su casa en Inglaterra (un cáliz de plata es testimonio de su mejor vida), y una vez se ven aislados en los límites del bosque es incapaz de asegurar a la familia el sustento más básico (sólo descarga compulsivamente su impotencia cortando leña). Por su empecinamiento, la familia vive en condiciones cada vez más infrahumanas, mezclada esa escasez con la severidad religiosa, la circunstancia que les envuelve es cada vez más aterradora, hasta los juegos de los niños cobran una apariencia perturbadora. Los temores delirantes que van adueñándose de la familia (especialmente de la madre) serán proyectados sobre la hija mayor a la que llegan a encerrar en el establo para ser juzgada como bruja. Así van trenzándose los hilos de la trama para acabar convirtiendo la crónica de una devastación familiar en una cinta de terror sin ninguna concesión a los tópicos del género.

La película tiene más de una lectura: funciona como retrato de la superstición e ignorancia que explica todo mal como producto del diablo; también como parábola de una nación, la americana, que está naciendo envuelta por la obsesión por la culpa; pero además, y quizás sobre todo, es una crítica a los males del patriarcado que relegan a la mujer a un papel pasivo de sumisión y a verlas como fuente de condenación si osan tener mayor protagonismo, es por eso que el final puede (es más, debe) interpretarse como el acto de liberación de la feminidad de la protagonista. ¿Y lo sobrenatural? Eggers da el mismo trato realista a las fugaces apariciones de seres siniestros que a los personajes principales, no puede descartarse el carácter de alucinación, el argumento y la evolución de los personajes permiten pensar así, pero la película siembra también la inquietud sobre la posibilidad de la existencia de un mal autónomo en sí mismo que se cierne sobre los protagonistas. Esa ambivalencia de interpretaciones es una de las mayores bazas de este filme de bajo presupuesto que está llamado a ser uno de los mejores títulos de género que veremos en nuestras pantallas comerciales este 2016.

Cinta inaugural en el Festival de Sitges 2015, sin duda La bruja es una de esas cintas que dejan poso, que apetece volver a revisar, algo en lo que también influye la actuación de sus protagonistas, especialmente el trabajo de, la también debutante, Anya Taylor-Joy en el papel de hija mayor.

por Montse Rovira

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